En la lengua maya no existía una palabra para “trangenicos” el 2012 cuando Monsanto comenzó con sembradíos soya transgénica en la península de Yucatán, al sureste de México.

Desde ese momento, Leydy Pech, una apicultora maya de 55 años, se dio cuenta que con la llegada de la empresa había empezado la contaminación del agua, del aire y de los alimentos, y que sus abejas se estaban muriendo. Así empezó una batalla legal de casi 10 años contra el mayor fabricante de semillas del mundo. Ella sabia, antes que muchos de nosotros, que las abejas mantienen a las plantas y a los cultivos vivos, y que sin ellas los humanos no tendríamos mucho que comer.

"Desde que inicié esta lucha, empresas y gobiernos quisieron hacer ver que no era nadie y que no iba a servir para nada. Sin embargo, eso no me paralizó; al contrario, hizo que buscara más aliados. Encontré la fuerza en la unidad del pueblo maya", reflexiona.

Pech recibió el premio Goldman, considerado el galardón ambiental más importante del mundo, por su "lucha histórica", que es "un modelo para otros movimientos de lucha indígena en la protección de sus derechos y de sus tierras", dijo la Fundación Goldman.

Leydy explica los diferentes puntos de vista que existen en su país, “Los intereses económicos del gobierno y de las autoridades mexicanas no están mirando por los pueblos indígenas. Nosotros no estamos reflejados en ese modelo capitalista que viola nuestros derechos. Para nosotros son importantes la selva, el agua, los bosques, la biodiversidad, que hemos estado cuidando y conservando ancestralmente, pero que el gobierno solo ve como recursos que no están siendo aprovechados.

Siendo dueña de solo dos hectáreas de tierra y enfrentándose a constante discriminación, Leydy le ganó al gigante industrial Monsanto y comprobó una vez mas cuanto puede lograr la determinación de una sola persona.